La sequía y la falta de temporeros ensombrecen la campaña olivarera de Marruecos: previsiones recortadas hasta un 40%
La campaña olivarera 2026-2027 de Marruecos arranca con previsiones a la baja: la estimación oficial de mayo, de unos 2 millones de toneladas, queda en entredicho ante proyecciones del sector que apuntan a una caída de hasta el 40%. La escasez de temporeros encarece los jornales y retrasa la recolección, mientras operadores del norte hablan ya de aceite en torno a 35 dirhams el litro en zonas de producción.
Los olivares marroquíes empiezan a recolectar en cuestión de días y la campaña 2026-2027 se abre con una brecha inusualmente amplia entre lo que sostienen los árboles y lo que llegará realmente a las almazaras. La sequía persistente ha recortado los rendimientos en las plantaciones de secano, faltan temporeros y las diferencias regionales son tan marcadas que dos cuencas productoras separadas por unas decenas de kilómetros afrontan campañas distintas.
Un olivar de 1,2 millones de hectáreas
El olivo no es un cultivo periférico en Marruecos. Ocupa alrededor de 1,2 millones de hectáreas, cerca de dos tercios de la superficie arbórea del reino, y sostiene directa o indirectamente una parte considerable de la economía rural. Alrededor del 67% de la producción nacional de aceituna se destina a la molturación, frente al 23% que va a conserva y aceituna de mesa. La mayor parte del aceite producido lo absorbe el mercado interior, por lo que el precio del litro desborda ampliamente el círculo de los agricultores.
Previsiones ya revisadas a la baja
Las abundantes lluvias de invierno y primavera habían devuelto humedad a unos suelos desgastados por años consecutivos de sequía. En mayo, las estimaciones oficiales apuntaban a unos 2 millones de toneladas de aceituna, un aumento del 111% respecto a la campaña anterior. Después llegó el verano y dejó expuestos sobre todo a los olivares no regados. Desde entonces, profesionales del sector han recortado sus proyecciones y hablan de un retroceso que puede alcanzar el 40% en la campaña 2026-2027. Es una previsión sectorial y no un balance nacional cerrado, pero mide la distancia entre la floración y el capazo.
El problema no es solo cuánta lluvia cayó, sino cuándo. La floración, el cuajado y después el llenado graso del fruto son citas que la meteorología puede cumplir o perder. A ello se suman las temperaturas extremas: una primavera alterada, un episodio de chergui o un golpe de calor estival mal situado pueden comprometer la formación de la aceituna. El fruto permanece en el árbol, pero pierde calibre y, sobre todo, potencial oleico.
No todos los olivares viven la misma campaña. En el norte, en torno a Uazán, Chauen y Ksar El Kebir, las lluvias han alimentado el optimismo. En cuencas más expuestas al estrés hídrico, las perspectivas son mucho menos generosas. Esa diferencia pesará en el rendimiento, porque una tonelada de aceituna no es una unidad absoluta: variedad, madurez, aporte hídrico, fecha de recolección y condiciones de molturación dan volúmenes de aceite sensiblemente distintos. Pesar las aceitunas no basta; la última palabra la tiene la almazara.
La ecuación de la mano de obra
La escasez de mano de obra temporal ha dejado de ser un accidente puntual. El invierno pasado, una cosecha abundante tuvo que prolongarse en algunas regiones por falta de brazos. Esta campaña el problema vuelve con su factura: jornales más caros, cuadrillas difíciles de reunir, recolección retrasada y una tentación creciente de mecanizar.
La paradoja merece atención. El desempleo marroquí sigue siendo elevado, en particular entre los jóvenes, mientras la agricultura apenas consigue reclutar justo cuando más lo necesita. El paro en Marruecos es sobre todo urbano y con formación, mientras que la recolección exige mano de obra rural, disponible varias semanas seguidas y capaz de encadenar jornadas duras bajo el sol. A eso se suma un éxodo rural que no se ha revertido: el temporero agrícola de ayer es hoy repartidor, peón de obra o vendedor ambulante, oficios igual de precarios pero rara vez más duros. Una jornada de recolección paga casi lo mismo que siempre, mientras el coste de la vida ha subido. Cuando la mano de obra se aleja de un sector, este sube los jornales, lo que encarece la cosecha, o invierte en máquinas. En ambos casos la factura acaba en algún sitio: en el precio de venta o en el propio empleo rural.
Precio y calidad al final de la cadena
Tras las campañas de sequía que llevaron el litro a rozar o superar los 100 dirhams, el regreso de una producción abundante permitió una distensión. Para la nueva campaña, algunos operadores del norte ya plantean la posibilidad de aceite en torno a 35 dirhams el litro en zonas de producción. Es una anticipación local, todavía no una realidad nacional. Entre la aceituna en el árbol y el litro comprado en Casablanca, Rabat o Marrakech están la recolección, el transporte, la molturación, el almacenamiento, los intermediarios y la distribución. Si la mano de obra escasea y se encarece, parte de lo que gana una buena cosecha puede recuperarlo el coste de recolectarla.
La calidad sigue la misma lógica. Las aceitunas recogidas en el punto de madurez adecuado y llevadas con rapidez a la almazara favorecen un aceite superior, mientras que el fruto que queda demasiado tiempo en el suelo se degrada. La falta de brazos enlaza así directamente con la cuestión cualitativa: retrasar la recolección termina notándose en la botella.
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