Los arroceros de Sevilla afrontan 350.000 toneladas nuevas con el 40% de la cosecha anterior sin vender
Los productores de arroz de la provincia de Sevilla se preparan para una cosecha de unas 350.000 toneladas mientras alrededor del 40% de la campaña anterior sigue sin venderse. Los agricultores atribuyen el stock acumulado a la entrada de grano barato de Camboya y Myanmar. El reto es colocar el arroz nuevo y el almacenado en el mismo mercado.
Los arroceros de la provincia de Sevilla se preparan para una buena cosecha, en torno a 350.000 toneladas, mientras alrededor del 40% de la campaña anterior continúa sin venderse y almacenado. Un buen año agronómico se convierte así en un problema comercial: el grano nuevo debe colocarse en un mercado que todavía no ha absorbido el volumen que ya está en los silos.
Una cosecha llena frente a un almacén lleno
Las marismas del Guadalquivir en torno a Sevilla son el núcleo de la producción arrocera española, y el rendimiento depende en gran medida del agua disponible en la campaña de riego. Con dotaciones suficientes, la cosecha es grande. Este año se espera una buena recolección, pero los productores y las cooperativas entran en ella sin haber vaciado sus almacenes.
Un remanente de este tamaño cambia la posición negociadora de todos los vendedores de la cadena. El arroz que pasa de una campaña a la siguiente acumula costes de almacenamiento, de financiación y de calidad: el grano cáscara guardado durante mucho tiempo pierde rendimiento en la elaboración y recibe ofertas más bajas. Venden primero quienes necesitan espacio físico para la nueva cosecha, y lo hacen al precio que haya. En la práctica, el precio del arroz nuevo lo fija la urgencia por liquidar el viejo.
El grano asiático barato marca la referencia
La causa que señalan los propios agricultores es la llegada de arroz de bajo coste de Camboya y Myanmar. Los productores españoles hablan de una invasión de grano barato, y el mecanismo es directo: los orígenes importados fijan un precio de referencia que el arroz español, con costes europeos de mano de obra, agua, energía y normativa, no puede igualar ni en el lineal ni en los contratos industriales.
Las consecuencias divergen a lo largo de la cadena:
- Los agricultores eligen entre vender en un mercado deprimido o arrastrar existencias una campaña más.
- Las cooperativas y los molinos asumen el riesgo de almacenamiento y financian el volumen sin vender.
- Los envasadores, los compradores industriales y las cadenas de distribución ganan capacidad de negociación: con un excedente visible, pueden esperar.
- Los importadores y operadores que trabajan orígenes asiáticos ganan cuota mientras se mantenga la diferencia de precio.
De qué depende la campaña
La primera variable es la velocidad a la que se liquida el remanente. Si el grano antiguo sigue moviéndose cuando la nueva cosecha entre en los secaderos y molinos, ambos volúmenes competirán entre sí y el descuento se ampliará. La segunda es la política comercial. La presión que describen los arroceros españoles tiene que ver con las condiciones de importación y no con los rendimientos, y cualquier cambio tendría que llegar desde la Unión Europea, no desde el propio sector.
La tercera es la superficie cultivada. El arroz es en España un cultivo caro y ligado a tierras de regadío concretas, y si la diferencia de precio con el grano camboyano y birmano se mantiene, algunas hectáreas se destinarán a otros usos o saldrán de la producción. Esa decisión se revierte con lentitud: la infraestructura de secado, almacenamiento y elaboración construida en torno al Guadalquivir solo resulta rentable con volumen, y una cosecha nacional menor eleva la dependencia española del arroz importado, tanto para el consumo como para la industria transformadora.
Para los compradores fuera de España la lectura es más sencilla. Una cosecha amplia sumada al stock sin vender significa excedente exportable en un origen europeo que suele venderse con prima, y los importadores de arroz mediterráneo de tipo japónica tienen margen para negociar durante toda la campaña de comercialización. Para los productores, el mismo dato significa que la cosecha que mejor se ve en el campo es la más difícil de vender.