Kirguistán importa 284.500 toneladas de trigo y aumenta su dependencia de Rusia
Kirguistán importó 284.500 toneladas de trigo entre enero y junio de 2026, incluidas 220.200 toneladas procedentes de Rusia. El cereal ruso abarata el suministro de los molinos, pero eleva la exposición al tipo de cambio, la logística y los proveedores externos.
Rusia aporta más de tres cuartas partes de las importaciones
Kirguistán importó 284.500 toneladas de trigo entre enero y junio de 2026, profundizando su dependencia del grano alimentario extranjero. Según Akchabar, Rusia suministró 220.200 toneladas y concentró el 77,4 % de las importaciones totales. Los envíos rusos fueron 4,5 veces superiores a los del mismo periodo del año anterior.
El precio ha reforzado la posición rusa. Rustam Zhunushov, responsable de la Asociación de Empresas Molineras de Kirguistán, indicó que el trigo ruso costaba en agosto cerca de 19 soms por kilogramo puesto en el molino, frente a unos 22 soms en mayo y junio. Parte de la caída respondió al tipo de cambio: con el cereal a unos 17,8 rublos por kilogramo y una cotización de 1,24 soms por rublo, el coste era de aproximadamente 22 soms; con una tasa cercana a 1,07 soms, bajaba a unos 19 soms.
Las importaciones baratas permiten a los molinos contener el coste de la harina. La materia prima representa alrededor del 92 % de su coste de producción, según la asociación. El trigo nacional se compra por unos 20-22 soms por kilogramo, dependiendo de la calidad. Los procesadores tienen así poco margen para pagar más a los agricultores mientras compiten con el grano y la harina de Rusia y Kazajistán.
Una superficie estable no garantiza calidad molinera
La superficie de trigo de Kirguistán apenas cambió en 2026: alcanzó 247.500 hectáreas frente a 247.480 hectáreas un año antes, según datos del Comité Nacional de Estadística citados por Akchabar. La región de Chuy concentró 114.180 hectáreas y Osh, 41.080. La siembra creció un 19,1 %, hasta 26.450 hectáreas, en Jalal-Abad, pero cayó un 9,1 %, hasta 36.440 hectáreas, en Issyk-Kul. Talas, Naryn y Batken también registraron descensos.
La superficie no refleja por sí sola la oferta de trigo apto para alimentación. El experto sectorial Uran Chekirbayev explicó a Akchabar que una parte importante de la cosecha nacional presenta un contenido de gluten inferior al requerido para producir harina. Parte del trigo local termina por ello en piensos o alimentos compuestos, mientras que las variedades más duras habituales en Rusia y Kazajistán se adaptan mejor a la molienda.
Mejorar la calidad requiere semillas apropiadas, prácticas agronómicas, fertilizantes, riego y cumplimiento de la tecnología de cultivo, factores que elevan los costes. Los molineros calculan que la mayoría de las explotaciones no supera los 20 quintales por hectárea, frente a un mínimo de 30 quintales para lograr rentabilidad. Zhunushov afirmó que, con ese rendimiento mínimo, el precio del trigo alimentario debería alcanzar al menos 22 soms por kilogramo.
La política de suministro equilibra precios y viabilidad agrícola
La demanda anual de trigo alimentario se estima entre 850.000 y 900.000 toneladas, y las importaciones cubren el 50-55 %. El Gobierno amplió la aplicación del tipo cero del impuesto sobre el valor añadido a las operaciones con grano. Los suministros pueden canalizarse ahora mediante productores de harina, además de venderse directamente a importadores y reservas estatales. Esto permite a los grandes molinos abastecer a procesadores pequeños sin capacidad para importar.
La medida también responde a las limitaciones de transporte. Solo se aprueba alrededor del 18-20 % de las solicitudes para transportar trigo ruso por ferrocarril a través de Kazajistán, según una nota explicativa citada por Akchabar. La reducción de inventarios en los molinos expone al país a cambios en los precios de los proveedores, el tipo de cambio y la disponibilidad ferroviaria, incluso cuando el grano importado resulta más barato.
El apoyo actual incluye crédito preferencial, subsidios de hasta el 30 % para semillas de calidad e inversión en infraestructura agrícola. En la práctica no existen pagos directos por tonelada ni precios de compra garantizados. La industria propone que el procesador pague al agricultor 20 soms por kilogramo y que el Estado aporte otros 2 soms. El mecanismo podría proteger la renta agrícola sin elevar los costes de la harina, aunque la solución duradera exige aumentar el rendimiento y la calidad nacional manteniendo las importaciones como fuente estabilizadora.