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El biometano de residuos podría cubrir el 40 % de la demanda de gas de España

Un análisis del potencial español de valorización energética de residuos concluye que el biometano producido a partir de desechos urbanos, agrícolas, ganaderos y alimentarios podría cubrir el 40 % de la demanda nacional de gas natural. Los residuos orgánicos, hoy tratados como un coste de gestión, aparecen así como un recurso energético propio capaz de reducir la dependencia exterior.

El biometano de residuos podría cubrir el 40 % de la demanda de gas de España

El biometano producido a partir de residuos urbanos, agrícolas, ganaderos y alimentarios podría cubrir el 40 % de la demanda española de gas natural, según un análisis del potencial de valorización energética de los desechos del país. La estimación convierte los restos orgánicos, hoy percibidos sobre todo como un coste de gestión por ayuntamientos, explotaciones agrarias e industrias alimentarias, en un recurso energético propio con una magnitud relevante para la planificación del suministro.

Qué residuos concentran la energía

El biometano es biogás depurado. La materia orgánica se descompone en digestores anaerobios y genera un gas bruto formado principalmente por metano y dióxido de carbono; después se retiran el dióxido de carbono y los compuestos traza hasta alcanzar la calidad del gas natural de red. Una vez depurado puede inyectarse en la red existente, licuarse para el transporte pesado o quemarse en calderas industriales sin modificar los equipos del consumidor. Esa intercambiabilidad directa es lo que da peso al 40 %: el recurso atendería una demanda que ya existe a través de infraestructuras que ya están construidas.

Los sustratos que sostienen la estimación se generan de forma continua en la economía española y no se producen expresamente con fines energéticos:

  • la fracción orgánica de los residuos sólidos urbanos y los lodos de las depuradoras municipales;
  • los restos de cosecha y otros subproductos agrícolas;
  • el estiércol y los purines de la ganadería;
  • los residuos de proceso y los efluentes de la industria alimentaria y de bebidas.

Del potencial a la capacidad instalada

Una cifra de potencial no es una previsión de producción. Transformar residuos en gas inyectado exige digestores, plantas de depuración, puntos de conexión a la red de transporte o distribución y los permisos correspondientes a cada uno. Cada paso tiene sus propios plazos, y es en la distancia entre el potencial teórico y la capacidad en operación donde encallan la mayoría de los proyectos de biometano en Europa. El 40 % describe, por tanto, un techo y no un volumen que pueda incorporarse a los balances de suministro.

La logística impone un segundo límite. Los residuos orgánicos están dispersos, pesan y contienen mucha agua, de modo que transportarlos resulta caro en relación con su contenido energético. Las plantas deben situarse cerca del sustrato, lo que en la práctica significa comarcas ganaderas, zonas de regadío, clústeres agroalimentarios y el área de influencia de las grandes depuradoras urbanas. Esa geografía determina dónde hacen falta los puntos de inyección y qué parte del recurso teórico es realmente accesible en términos económicos.

La capa comercial pesa tanto como la técnica. El biometano compite con una materia prima, el gas natural importado, a la que normalmente no puede ganar solo por coste. Los proyectos se financian contra contratos de compra a largo plazo y contra el valor que el comprador asigna a un gas renovable certificado, de manera que los sistemas de certificación, las garantías de origen y la disposición de la industria a pagar una prima son las variables que deciden cuánto del potencial se construye.

Qué supondría el 40 % para el mercado

España no cuenta con producción propia relevante de gas natural: el gas que consume llega por gasoducto y como gas natural licuado. Una cuota de ese tamaño producida dentro del país modificaría su exposición al suministro marítimo y por tubo, y trasladaría parte de la factura del gas desde una partida de importación hacia el tratamiento, la logística y la explotación de plantas en territorio nacional. Una porción del gasto en gas pasaría a agricultores, gestores de residuos y contratistas rurales.

Los primeros compradores probables son los consumidores industriales con calor difícil de electrificar: cerámica, procesado de alimentos, papel, vidrio y química. Para estos sectores, un gas renovable intercambiable es la vía más corta para recortar emisiones directas sin rehacer los equipos de proceso, y por eso la contratación de biometano en Europa se concentra ahí y no en el mercado residencial.

La agricultura gana por partida doble. El estiércol y los purines, hoy un problema de gestión y de nutrientes, pasan a ser un sustrato retribuido, y el digestato que queda tras la digestión vuelve al campo como fertilizante y sustituye parte de las compras de abonos minerales. Capturar el metano que de otro modo se escaparía de las balsas de purines añade un argumento ambiental para las explotaciones ganaderas ante una normativa cada vez más estricta.

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